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El origen del champiñón

Abrantes produce en Loma Verde 100 mil kilos de hongos por mes y abastece al 45% del mercado argentino. Su planta de producción, que este año cumple dos décadas, está entre las cinco más modernas de Sudamérica.

Un grupo de empresarios chilenos llegó a Escobar en 1993 con la idea de comprar una champiñonera que se encontraba camino a El Cazador. Pero como la negociación con el dueño no prosperó, decidieron montar una planta de producción en Loma Verde, a la altura del kilómetro 52,500, a unos 400 metros de la Colectora Oeste.
Abrantes -que debe su nombre a un pueblo de Portugal donde crecen unas flores llamadas así- produce champiñones en Chile desde 1981 y es una compañía de orígenes familiares. “Buscábamos nuevos horizontes, como todas las empresas, y decidimos instalarnos en Argentina porque conocíamos el idioma, la idiosincrasia y, obviamente, apostando a un mercado más grande que el chileno”, explica Raúl Sánchez Devoto, uno de los fundadores del emprendimiento.
“Por otro lado, nos instalamos acá porque estudiamos dónde podíamos conseguir mano de obra para este tipo de trabajo y nos dimos cuenta que en la zona de Escobar había muchas chacras de verduras y de flores, y mucha gente de Bolivia que conoce el tema, porque esto es algo muy manual. Supusimos que en esta zona tendría que haber mano de obra para este tipo de trabajo y no nos equivocamos”, agrega.
Líder en el mercado
Es así que hoy Abrantes cuenta con 120 empleados -incluyendo la parte administrativa- la mayoría de Escobar y alrededores. En las 2,5 hectáreas que tiene el total del terreno, la capacidad de cultivo de champiñones es de 6 mil metros cuadrados mensuales, con un rendimiento aproximado de 20 toneladas, lo que les permite producir 100 mil kilos de champiñones por mes.
De esta forma, la empresa se convirtió en el principal productor del país, habiendo conquistado el 45% del total del mercado. Pero no sólo comercializa su propia marca sino que creó otras para terceros, como Porto, Setas del Huerto y La Huerta.
El 50% de la venta se realiza en las grandes cadenas de supermercados nacionales y provinciales, “el 90% de esos puntos de venta está provisto por nosotros”, afirma Sánchez Devoto. El resto lo venden en restaurantes, hoteles, verdulerías y en el Mercado Central, tanto en Buenos Aires como en las provincias y en Uruguay, el único país al que exportan, ya que por tratarse de un producto fresco no resiste largos traslados.
En los últimos tres años la empresa tuvo un crecimiento del 60%, por lo cual debieron alquilar una planta que se encuentra en Los Cardales, una antigua champiñonera en desuso donde realizan la primera parte de la cadena de producción.
De las modernas instalaciones de Abrantes salen dos variedades de hongos: un 80% de champiñón blanco y un 20% de Portobello. “Dejamos de producir gírgolas porque cuando la empresa creció sus volúmenes no hacían compatible toda la distracción que significaba esa producción tan chiquita con respecto a lo que producíamos de champiñón blanco. Producíamos 70 toneladas de champiñón blanco y 2 de gírgolas, cuando crecimos tomamos una sabia decisión de no hacer tan compleja la empresa”, señala el empresario.
Tecnología de punta
Las diez cámaras donde hacen crecer a los preciados hongos son un capítulo aparte y ubica a la planta entre las cinco más modernas de Sudamérica. Son enormes galpones con estanterías de varios pisos acondicionadas con una sofisticada tecnología holandesa que permite medir la temperatura, la humedad y la ventilación, entre otras cuestiones técnicas, durante las 24 horas del día. Esa información está asociada a un software que controla cada cámara en forma individual y que se puede ver directamente en la pantalla de una PC. Si algo está fuera de parámetro, salta una alarma que advierte el inconveniente.
Sobre esas gigantescas estanterías se ubican las composteras, que son como unos panes realizados con paja de trigo seca, entre otras componentes, que contienen las semillas. Eso hace una especie de colchón sobre los cuales se ubica una tierra especial -también traída de Holanda, que tiene la característica de conservar perfectamente la humedad-, de la cual brotan los hongos que luego son cosechados manualmente.
En la planta se realizan todos los pasos concernientes al proceso: desde la elaboración del compost, el cultivo, la cosecha, el envasado y la distribución. En total, el proceso necesita de 70 días. Una vez cosechado, el champiñón tiene una vida útil de 7, siempre y cuando esté bien refrigerado. “Si pierde su cadena de frío se acorta su tiempo de utilidad, pero de ninguna manera de vuelve venoso”, aclara el especialista, a quien en sus largos años de experiencia le han hecho esa pregunta infinidad de veces.
¿Cómo es el argentino como consumidor de este producto?
Argentina debe estar hoy en día en la sexta posición de consumo per cápita en Latinoamérica. El problema pasa porque no hay suficiente oferta de champiñones frescos para abastecer al mercado en forma permanente, regular, y en buenas condiciones. México, Colombia y Chile están por arriba de los 300 gramos per cápita al año, y acá no logramos pasar los 60 gramos. O sea que el negocio podría crecer hasta cinco veces más. En promedio, el argentino debe estar en 120 y 150 gramos, el resto lo suple con conservas, una industria que está indiscutiblemente en manos de los chinos.
¿Qué beneficios aporta al organismo consumir champiñones?
Tiene sabor sin sal, que le hace bien a la gente con problemas de presión; tiene casi todas las vitaminas, pero sobre todo la D, que es muy importante, la B12, proteínas, no tienen grasas, por lo tanto no producen colesterol; se puede comer en ensaladas, al horno, salteado, con pastas, en tortillas, crudo, cocido. El objetivo nuestro es tratar de educar a la gente y para eso estamos llevando a cabo varias acciones que consisten en participar de ferias y estar presentes en diferentes lugares.
Este verano auspiciamos dos balnearios en Villa Gesell porque estamos tratando de apuntarle a un target que no consuma champiñones, que los conozcan pero que no los tenga incorporados. Queremos tratar de masificarlo lo más posible tratando de bajar la escala natural de la pirámide hasta que se pueda llegar a lo más masivo. Ese es nuestro objetivo.  
Por Florencia Alvarez

Un grupo de empresarios chilenos llegó a Escobar en 1993 con la idea de comprar una champiñonera que se encontraba camino a El Cazador. Pero como la negociación con el dueño no prosperó, decidieron montar una planta de producción en Loma Verde, a la altura del kilómetro 52,500, a unos 400 metros de la Colectora Oeste.

Abrantes -que debe su nombre a un pueblo de Portugal donde crecen unas flores llamadas así- produce champiñones en Chile desde 1981 y es una compañía de orígenes familiares. “Buscábamos nuevos horizontes, como todas las empresas, y decidimos instalarnos en Argentina porque conocíamos el idioma, la idiosincrasia y, obviamente, apostando a un mercado más grande que el chileno”, explica Raúl Sánchez Devoto, uno de los fundadores del emprendimiento.

“Por otro lado, nos instalamos acá porque estudiamos dónde podíamos conseguir mano de obra para este tipo de trabajo y nos dimos cuenta que en la zona de Escobar había muchas chacras de verduras y de flores, y mucha gente de Bolivia que conoce el tema, porque esto es algo muy manual. Supusimos que en esta zona tendría que haber mano de obra para este tipo de trabajo y no nos equivocamos”, agrega.

Líder en el mercado

Es así que hoy Abrantes cuenta con 120 empleados -incluyendo la parte administrativa- la mayoría de Escobar y alrededores. En las 2,5 hectáreas que tiene el total del terreno, la capacidad de cultivo de champiñones es de 6 mil metros cuadrados mensuales, con un rendimiento aproximado de 20 toneladas, lo que les permite producir 100 mil kilos de champiñones por mes.

De esta forma, la empresa se convirtió en el principal productor del país, habiendo conquistado el 45% del total del mercado. Pero no sólo comercializa su propia marca sino que creó otras para terceros, como Porto, Setas del Huerto y La Huerta.

El 50% de la venta se realiza en las grandes cadenas de supermercados nacionales y provinciales, “el 90% de esos puntos de venta está provisto por nosotros”, afirma Sánchez Devoto. El resto lo venden en restaurantes, hoteles, verdulerías y en el Mercado Central, tanto en Buenos Aires como en las provincias y en Uruguay, el único país al que exportan, ya que por tratarse de un producto fresco no resiste largos traslados.

En los últimos tres años la empresa tuvo un crecimiento del 60%, por lo cual debieron alquilar una planta que se encuentra en Los Cardales, una antigua champiñonera en desuso donde realizan la primera parte de la cadena de producción.

De las modernas instalaciones de Abrantes salen dos variedades de hongos: un 80% de champiñón blanco y un 20% de Portobello. “Dejamos de producir gírgolas porque cuando la empresa creció sus volúmenes no hacían compatible toda la distracción que significaba esa producción tan chiquita con respecto a lo que producíamos de champiñón blanco. Producíamos 70 toneladas de champiñón blanco y 2 de gírgolas, cuando crecimos tomamos una sabia decisión de no hacer tan compleja la empresa”, señala el empresario.

Tecnología de punta

Las diez cámaras donde hacen crecer a los preciados hongos son un capítulo aparte y ubica a la planta entre las cinco más modernas de Sudamérica. Son enormes galpones con estanterías de varios pisos acondicionadas con una sofisticada tecnología holandesa que permite medir la temperatura, la humedad y la ventilación, entre otras cuestiones técnicas, durante las 24 horas del día. Esa información está asociada a un software que controla cada cámara en forma individual y que se puede ver directamente en la pantalla de una PC. Si algo está fuera de parámetro, salta una alarma que advierte el inconveniente.

Sobre esas gigantescas estanterías se ubican las composteras, que son como unos panes realizados con paja de trigo seca, entre otras componentes, que contienen las semillas. Eso hace una especie de colchón sobre los cuales se ubica una tierra especial -también traída de Holanda, que tiene la característica de conservar perfectamente la humedad-, de la cual brotan los hongos que luego son cosechados manualmente.

En la planta se realizan todos los pasos concernientes al proceso: desde la elaboración del compost, el cultivo, la cosecha, el envasado y la distribución. En total, el proceso necesita de 70 días. Una vez cosechado, el champiñón tiene una vida útil de 7, siempre y cuando esté bien refrigerado. “Si pierde su cadena de frío se acorta su tiempo de utilidad, pero de ninguna manera de vuelve venoso”, aclara el especialista, a quien en sus largos años de experiencia le han hecho esa pregunta infinidad de veces.

¿Cómo es el argentino como consumidor de este producto?

Argentina debe estar hoy en día en la sexta posición de consumo per cápita en Latinoamérica. El problema pasa porque no hay suficiente oferta de champiñones frescos para abastecer al mercado en forma permanente, regular, y en buenas condiciones. México, Colombia y Chile están por arriba de los 300 gramos per cápita al año, y acá no logramos pasar los 60 gramos. O sea que el negocio podría crecer hasta cinco veces más. En promedio, el argentino debe estar en 120 y 150 gramos, el resto lo suple con conservas, una industria que está indiscutiblemente en manos de los chinos.

¿Qué beneficios aporta al organismo consumir champiñones?

Tiene sabor sin sal, que le hace bien a la gente con problemas de presión; tiene casi todas las vitaminas, pero sobre todo la D, que es muy importante, la B12, proteínas, no tienen grasas, por lo tanto no producen colesterol; se puede comer en ensaladas, al horno, salteado, con pastas, en tortillas, crudo, cocido. El objetivo nuestro es tratar de educar a la gente y para eso estamos llevando a cabo varias acciones que consisten en participar de ferias y estar presentes en diferentes lugares.

Este verano auspiciamos dos balnearios en Villa Gesell porque estamos tratando de apuntarle a un target que no consuma champiñones, que los conozcan pero que no los tenga incorporados. Queremos tratar de masificarlo lo más posible tratando de bajar la escala natural de la pirámide hasta que se pueda llegar a lo más masivo. Ese es nuestro objetivo.

Por Florencia Alvarez

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